Por Nataly Tufiño
Desde hace algún tiempo las personas han optado por informarse en las redes sociales, principalmente las generaciones más jóvenes. El internet empieza a dominar el terreno informativo cuando se lo compara con la prensa o los noticieros de televisión debido a su inmediatez y multiplicidad de voces.
Sin embargo, es esa misma velocidad y exceso de fuentes lo que facilita la proliferación de fake news, es decir aquellas noticias falsas que se difunden para generar escándalo o influir en la opinión pública.
Existen al menos 3 tipos de fake news, que según investigadores de la Universidad de Indiana, tienen como objetivo inspirar sentimientos de temor, disgusto y sorpresa en las respuestas:
Desinformación deliberada: noticias inventadas y distribuidas con intereses concretos a grupos susceptibles que califican el contenido como creíble.
Titulares falsos: o engañosos, que no tienen relación con el contenido de la noticia.
Sátira: las informaciones falsas no siempre son mentiras, este contenido también permite hablar sobre problemáticas o denuncias sociales con un componente humorístico.
El poder de las fake news radica en que son aceptadas por las audiencias, aún sabiendo que pueden ser falsedades y, al compartirlas, se propagan aceleradamente hasta convertirse en verdades para muchos ya que trascienden a otros espacios como WhatsApp. A ello, hay que sumar que los algoritmos de las redes sociales nos envuelven en contenidos afines o similares a los nuestros, por lo que nos “aíslan” en burbujas de des/información.
Esta dinámica está presente en todas las categorías de información pero más en las noticias políticas. En un momento de sobreinformación, es necesario comprobar la veracidad de lo que leemos y compartimos, comparando fuentes o acudiendo al fact checking, para distinguir entre noticias reales y falsas.
